25 enero 2006

Un Día Cualquiera -- Capítulo 8

Delante de mí había otro ser muerto, otro zombi. Era un hombre vestido con mono y chaleco reflectante, sin duda un trabajador de unas obras cercanas. Su cara sin vida estaba deformada en una horrible mueca, y unos pegotes de sangre seca en su cabeza revelaban una fea herida que quizás le hubiesen causado la muerte... en caso de estar vivo.

El ser me miró con sus ojos blancuzcos y, después de soltar un gemido, se abalanzó hacia mí. Abalanzar no es la palabra adecuada, ya que su movilidad era bastante limitada y una persona andando a un ritmo normal se movería más rápido. A pesar de eso, no me confié y desenfundé la katana. Era un buen momento para probar el filo y lancé un fuerte golpe al cuello cuando estuvo a mi alcancé, decapitándole de un sólo tajo.

El muerto dejo de moverse y cayó al suelo pesadamente con un ruido seco. Mmm... por mucho que salga en las películas, es muy difícil decapitar a una persona de un sólo golpe. Sin duda, los muertos, por alguna extraña razón, eran más blandos, más frágiles. ¿Un efecto secundario de la zombificación? No lo sabía, y tampoco iba a perder más tiempo, así que salí del centro comercial pensando hacía donde podría ir.

Por una parte podría ir hacia las afueras, buscar una montaña y esperar, intentando vivir de la caza. No, no lo haría. Al menos, no ahora, sin saber si había más gente como yo, más supervivientes. Con esta idea en la cabeza, cogí el plano y me dirigí hacia el centro de la ciudad...

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